Cádiz 1-0 Eibar

Electrocardiogramas. De Cadi Cadi

(José Antonio Vera Luque) 06-03-2021

 La rebelión estaba en proceso. Valladolid primero, Elche después, dieron los primeros pasos de la revolución. El sábado avanzaba, gris, lluvioso, digno de ser la portada de la Antología de Alex Ubago, y se acercaba la hora de enfrentarnos al tercero de los descamisados, el tercero de los equipos bajunos en la tabla, que, a la llamada de sus compis de piso, pretendería darle el tercer mordisco a la tabla clasificatoria, y comprometer al Cádiz a tramitar su unión a la Hermandad del posible Descendimiento. El sábado gaditano era más eibarrés que gaditano. Nubes, frío, chirimiri constante. Pero, por suerte, el Éibar, equipo con profundas raíces vascas, de campo pequeño, de césped vintage enfangado y graderío aparaguado…no presume de ocho apellidos vascos. Ni siquiera de dos o tres. El único vasco, con cara de vasco, con carácter de vasco y con un “ostiaputa” leído en sus labios cada dos frases, es su entrenador, al cual le quedaría una txapela como a Paul Newman un smoking. El resto, una amalgama de nacionalidades y patrias chicas lejanas a eso que los fachas de nuevo cuño gustan llamar “las Vascongadas”. Entre ellos, un flaquito barbateño, cuyo nombre suena a anglosajón, y más si cambiamos Gil por Hill. Como Benny. Y que sigo sin entender, qué hace tan lejos de la Janda, y tan apegado al marmitaco en vez de a una ventresca de atún por su camino.
 
El panorama olía a duelo a muerte. Y a cagalera fuerte. El que no ganara se enmarronaba como un currante firmando una hipoteca hace quince años. Y aunque empezamos con cierta torrija, será por aquello de esta Cuaresma fantasmal,todo era un espejismo. El equipo se puso el perfume del junio de 2016, cuando los partidos siempre terminaban con uno a cero para nosotros. Ganar por lo civil, por lo religioso, por lo criminal, o por lo que sea, en aquellos partidos en los que no conviene que el desfibrilador del estadio esté sin batería: la especialidad de Cervera. Hoy como en los dibujitos de Tom y Jerry, a más de un cadista se le ha salido el corazón por la boca y lo ha tenido que coger al vuelo para metérselo otra vez para adentro. Es lo que tocaba, porque quizás hoy jugábamos el partido más importante de la temporada. Ganar aun no solucionaba nada. Perder tampoco. Pero que miedo si perdíamos, y que oxígeno más fresquito si ganábamos. Y el acojonamiento llegó a su momento top, cuando el tal Enrich hacía el chufla, confundiendo a Ledesma con Peter Shilton al querer emular la trampuchera y mítica mano de Dios de Maradona al rematar a puerta. Pobre, no se ha enterado de la existencia del VAR. El colgaete corrió a celebrar el gol como si no lo fueran a pillar. Ya debería estar acostumbrado a que lo cojan in fraganti con los dos años de talego que le cayeron (que no los cumplirá por aquello de la ausencia de antecedentes), cuando lo de aquel vídeo porno de verbena pueblerina que si no lo recuerdan, mejor para ustedes. Así que festeja carajote, festeja.
 
El que festejó y por derecho, fue otra vez el Tiburón. Recuerden que si Negredo no jugó una pila de partidos en la mejor selección española de la historia, fue porque delante tenía a Villa y Torres. Tenemos a un delantero centro que, de haber nacido años antes, hubiera sido un Santillana, un Quini, un Poli Rincón de la vida. El nueve del Cádiz es un crack internacional, de nivelazo mundial, que una vez que ha cumplido esa edad en la que dejas de hacer botellón en la calle, sigue estando por encima de la mayoría de los delanteros centros de este país que nacieron a la par que el Internet y los DVD. Juega con un pie izquierdo, un pie derecho y un pie en el pecho, que también la baja y la pone donde quiere. Se le perdona hasta la frivolité de la vaselina que hubiera finiquitado la partida. Pal mundo entero, el Tiburón. Pa Cadi el Megalodón en Adobo.
 
Y el otro crack del partido, por fin Ledesma. Hizo lo que tenía que hacer: parar un penalty, tan tonto como debatible (¿O no viene la mano desde un rebote en el propio defensa?). Afortunadamente, el arquero chapó el mosqueo, y el retorno de las teorías conspiranoicas, aunque no borremos el penal de la libreta de cosas raras que nos están pitando este año, o nos están dejando de pitar. Por cierto, dicen que cuando un portero tira un penalty, muere un gatito. ¿Dónde queda el orgullo pelotero de los diez jugadores de campo cuando es el portero el que tiene que lanzar el penalty? Y si ese portero marca el penal, pues gloria para el loco. Pero cuando lo falla…la pregunta se lanza al aire: ¿No hay uno que lo tire mejor? ¿Y dónde está el sentimiento corporativista de ese guardameta, que es capaz de ponerse en el lugar del fusilador, habiendo sido tantas veces el fusilado? Esquirol que reniega de la sombra del larguero, para erigirse como salvador en las dos áreas, como solucionador de eso que sus diez compañeros son incapaces de resolver: el gol. El mismo que los tiene que evitar, cogiendo carrerilla para lograrlo. Es el momento anti-natura del deporte rey. Que el que patea el balón con destino a la red, lleve guantes fabricados exprofeso para parar la trayectoria, si esta fuera en dirección contraria. ¡Tesquiyá Dimitrovi!, ¡O cómo te llames!. Ledesma salvaguardó el honor universal de los porteros, y lo mismo que simio no mata a simio, portero no marca a portero. Eso es lo que hay. Y de esta bonita manera, y a partir de ese momento, el Cádiz hizo lo que mejor sabe hacer: defender. Y el Éibar tuvo que hacer lo que peor sabe hacer: atacar. Y el resultado final, el que la matemática exigía. Tres puntitos más, con overbooking en la sala de espera del cardiólogo. A cuatro victorias de la salvación. Y un equipo al cual alejamos a una distancia prudente. Las nubes negras se han echao a un laíto, y se ve una mijita de sol. Jiu.