Alavés 1-1 Cádiz

Tragicomedia, cometragedia, o yo que sé

(José Antonio Vera Luque) 13-03-2021
Qué canija es la línea entre el éxito y el fracaso. Si en el minuto 80 nos dicen que empatamos el partido, del salto que pegamos en la mesa revoleamos por los aires el yogur que tocaba a la hora en la que se estaba jugando el partido. Si nos lo dicen en el minuto 88, tras la ocasión de Malbasic, revoleamos el mismo yogur pero con dirección a la pantalla de la tele, preferentemente cuando apareciera un primerísimo plano del citado delantero. Qué cosa oye. Después de un partido digno de ponérselo a los chiquillos, pero no para que aprendan, sino como castigo después de una pajarraca en la clase, cuando termina no sabe uno si reírse o llorar, si esbozar la mueca para arriba o para abajo. Qué castigo esta indeterminación anímica tras ver el partido de tu equipo. Qué triste esa adrenalina malgastada no se sabe en qué sentido. Porque encima las emociones del partido se acumularon en no más de cinco minutos, un oasis de sensaciones en medio de un partido desértico, sin respingos, sin saltos en el butacón, sin el más mínimo vaivén en las pulsaciones.
 
 Todo se dejó para el final, y tan pronto como cantamos el gol, blasfemamos en arameo por el que no fue, en esa oportunidad tan clara o más que el propio penalty, que Malbasic, haciendo honor a su primera sílaba, ejecutó como si a un chimpancé le das una guitarra esperando que te toque “Entre dos aguas”. Porque para colmo, ni fue un paradón del portero, ni el balón lamió el poste, ni siquiera un supuesto ímpetu en el disparo mandó la bola con más fuerza que precisión. No hijo, no. Malbasic remató como cuando en aquellas míticas barbacoas del Trofeo, a algún visionario le daba por llevarse un balón y lo sacaba de la mochila más allá de las cuatro de la mañana, y todos lo chutábamos con la dificultosa misión de no derramar ni una gota del tinto que sujetábamos en la mano opuesta al pie con el que se disparaba. Po así: un desastre.
 
Si Cervera tiene, un poné, 70 pulsaciones por minuto, cuando al Cádiz le marcan un gol en el primer tiempo, las pulsaciones se le ponen a 60. Si fuera ciclista le dirían el Goma. Deja ir al rival por delante, y no lo pierde de vista. Ni se inmuta, mantiene la distancia y termina pillándolo. Porque el uno a cero puede durar hasta el final del partido…o no. Lo importante es que no metan el segundo. Y así empatamos en Elche, en Barcelona, hoy…Mientras que el partido está a un gol, hay partido. Aunque no se haga nada, aunque se realice el mejor homenaje que pudiera hacerse a la selección galesa de rugby, con tanto puntapié al cielo vitoriano, y aunque la estadística de tiros a puerta sea un cerapio redondo y orondo. El primer tiro a puerta puede ser el bueno. Una única llegada puede ser la que se busca. Y hasta que el árbitro no pita, puede aparecer el momento. ¿Desespera? Tela. ¿Funciona? De momento casi siempre. Hoy la ocasión llegó de penalti, el segundo de la temporada, el cual nos parece increíble que nos lo hayan pitado, después de las tropelías que hemos aguantado este año. Es penal, justito, pero penal. El gachón del Alavés con esto de la pandemia, usa los coditos más allá de lo que es el saludo reglamentario de una año pacá, modo “Cuco”, y por eso acabó en la ducha antes que ninguno. El pelirrojo, que hoy se ha visto otra vez enmarronado por el ala defensiva derecha, es a otro que cuando le ponen por delante un penalti en los últimos minutos, se le pone la sangre a la temperatura de un topolino de los Italianos. Pongámonos en cola para el besapié del del pelo colorao.
 
Se sabía que si se ganaba, era como cuando en el Parchís se saca dos seises seguidos y luego un cinco. Avanzando por derecho. También se sabía que si perdíamos, se sacaban tres seises seguidos, o sea, batacazo. Nos quedamos en un “ni pa ti ni pa mí”, que no nos viene malote, al contrario que al Alavés, para el cual el empate es un pisotón gordo, más teniendo en cuenta que la semana que viene visita el Wanda. Con la tontería del empatito, y esperando el resultado del Éibar mañana, ahora mismo estaríamos salvados a falta de dos partidos para el final. Son seis puntitos, que en verdad son siete. Después del Tourmalet del inicio de la primera vuelta, que ya va pasando al olvido, hemos metido distancia de por medio con el penúltimo y con el antepenúltimo. Sin jugar como el Brasil del 70, dicho sea de paso, pero ya sabadito por la tarde, y después de no morir engollipado con el pitraco de un filete por culpa de los horarios ligueros, ya en el ocaso del sábado sabadete, lo piensa uno fríamente (e intentando borrar de la mente la malbasicada del día), y le ve color a la historia. Al trío lalalá, o lo que es lo mismo, el hermano mayor, el mayordomo y el tesorero del Descendimiento a Segunda, los miramos con las gafa del lejos. Buen regalo de cumpleaños para el Loco.